Por Mariana Ávila Montejano
Hay una pregunta que se repite, a veces en voz alta y otras en silencio: ¿para qué tanto ruido? Como si organizarse, marchar, documentar o acompañar fuera un exceso y no una respuesta. Como si hubiera que justificar por qué una mujer, una madre, una defensora o una colectiva decide no quedarse callada.
No tenemos que justificarnos. Existimos y aportamos.
Aportamos porque una sociedad no se construye sola ni se sostiene con buenas intenciones. Se construye cuando alguien nombra lo que duele, cuando otra lo escucha y cuando muchas deciden que no volverá a pasar en silencio. Todo lo que hoy damos por sentado (estudiar, votar, decidir, vivir sin miedo) alguna vez fue una exigencia incómoda hecha por personas que no esperaron permiso.
Por eso es importante alzar la voz, y por eso no tenemos que esperar a ser víctima para hacerlo. La injusticia no avisa y no distingue. Quien calla hoy porque «no es su caso» suele descubrir, tarde, que el sistema que ignoró a otras también puede ignorarla a ella. La justicia, la verdad y la memoria no son favores que se piden cuando el daño llega a casa: son derechos que se defienden antes, durante y después.
La organización social es convertir el dolor individual en fuerza compartida. Una denuncia aislada se archiva con facilidad; una red que acompaña, documenta y no suelta es difícil de callar. Y la memoria también es resistencia: lo que no se nombra se repite, y lo que se recuerda juntas se vuelve exigencia.
El feminismo ha sido, en buena medida, la escuela de esa convicción. No pidió un mundo mejor para unas cuantas, sino uno donde la dignidad no dependa del género, del origen ni de la suerte. Hoy hablamos de violencias que antes no tenían nombre y de derechos que antes ni se imaginaban porque alguien, alguna vez, dijo «esto no es normal».
En Aguascalientes, como en cualquier otro lugar, lo sabemos bien: los derechos no se otorgan, se conquistan, y lo conquistado no se conserva solo. Se cuida. Hay quienes cada día ponen el cuerpo, el tiempo y la voz para que niñas, niños, mujeres y todas las personas vivan con más justicia y menos miedo. Lo hacen sin aplausos, a veces con riesgos.
Por eso hacemos un llamado, colectivo y sin pedir permiso.
Defendámonos. Que ninguna sea señalada, desacreditada o puesta en riesgo por alzar la voz sin que otras estemos al lado. Defender a una es defendernos todas.
Cuidémonos. Resistir no es aguantar hasta romperse. Cuidar a quien acompaña, denuncia o busca es también un acto político; sin descanso ni abrazo no hay lucha que dure.
Resistamos. Con paciencia, con terquedad, con memoria y con comunidad, porque la fuerza no está en una sola voz sino en las que se suman.
Para que nadie tenga que ser víctima para ser escuchada. Para que la memoria no dependa de la suerte. Para que la justicia deje de ser un privilegio.
Nos tenemos. Existimos. Resistimos. Y seguiremos aquí.





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