Por Mariana Ávila Montejano
Hay quienes han hecho de nuestro enojo y de nuestro miedo un negocio. Basta abrir las redes: personajes que venden «masculinidad» a costa de burlarse de las mujeres, políticos que convierten la inseguridad en bandera y a las feministas en enemigas, medios que cosechan clics con el dolor ajeno. Cada mensaje de odio es contenido, y cada contenido deja ganancias o votos.
Esto no es nuevo. En Calibán y la Bruja, Silvia Federici muestra que la caza de brujas en los albores del capitalismo no fue un arrebato de superstición, sino una campaña política para disciplinar el cuerpo y el trabajo de las mujeres. Se castigó a las parteras, a las curanderas, a las que vivían solas y a las que no pedían permiso. Los sermones, los tratados y los juicios públicos hicieron circular el miedo, y ese miedo les sirvió a quienes necesitaban mujeres sumisas y comunidades divididas. Han cambiado los medios, pero no el guion: se señala a una culpable, se promete orden y se cobra lealtad.
Hoy el costo se mide en vidas. Según el Secretariado Ejecutivo, entre enero y agosto de 2026 se registraron 440 víctimas de feminicidio y 988 de homicidio doloso de mujeres en el país. En Aguascalientes, el Observatorio de Violencia Social y de Género documenta ya 13 feminicidios en lo que va de 2026, y exige que se informe qué acciones de prevención están funcionando. Detrás de cada cifra hay una familia que busca justicia, y casi siempre antes hubo un discurso que volvió normal la violencia.
Por eso el silencio nunca es neutral. Quien calla ante un mensaje que menosprecia a las mujeres deja que ese mensaje sea lo único que se oye. Lo sé desde mi trabajo en la defensa de derechos humanos: la violencia casi nunca llega de golpe. Se prepara con chistes, memes, estereotipos y «es que así son», hasta que parece natural. Nombrarla a tiempo, en la sobremesa, en el grupo de WhatsApp o en el aula, también es prevención.
Las leyes importan, y también su historia. En Aguascalientes, desde 2017 el feminicidio es un delito autónomo y no un simple agravante del homicidio, con penas de 40 a 60 años de prisión. Más recientemente, el Congreso local aprobó reformas al Código Penal en materia de feminicidio y lesiones, y definió la violencia mediática como aquella que, a través de cualquier medio, promueve estereotipos sexistas, naturaliza la subordinación de las mujeres y difunde discursos de odio. Es un avance, pero una ley no cambia sola lo que se repite a diario en pantallas y conversaciones.
Y lo estamos viviendo en carne propia. Hace unos días inhabilitaron mi cuenta personal. Hackearon la del Observatorio. Nos reportan masivamente para silenciarnos y, sobre todo, para que desconfiemos unas de otras. Es la misma lógica de siempre: aislar, desgastar, dividir. Quien alza la voz se vuelve incómoda, y a las incómodas se las intenta sacar del espacio donde se habla.
No lo van a lograr. No se trata de apagar el enojo, que muchas veces es legítimo y es el motor de nuestras luchas. Se trata de no regalárselo a quienes lo convierten en rentabilidad. El enojo que organiza, que acompaña y que exige justicia no es el que se manipula para dividirnos.
Las brujas no eran peligrosas por lo que hacían, sino por lo que representaban: mujeres que sabían, se juntaban y no pedían permiso. Cuatro siglos después, seguimos aquí, juntas. Ni nuestro miedo ni nuestro silencio están en venta.
Mariana Ávila Montejano es politóloga, defensora de derechos humanos, acompañante y fundadora del Observatorio de Violencia Social y de Género de Aguascalientes, organización que fundó hace 12 años.









Deja una respuesta